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- Autor, Oliver Berry
- Título del autor, BBC Travel
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4 horas
«Una vez un puma me acechó cuando era guardabosques», relata Danny Herrara Badilla mientras caminamos por una trocha en la enmarañada jungla del Parque Nacional Corcovado de Costa Rica.
El sol se filtra entre las copas de los árboles. Por encima puedo escuchar el cotorreo de las tangaras, el repiqueteo de los tucanes y el estruendo lejano de un momoto. A mi izquierda se ven destellos del océano a través de los troncos y un coatí con cola de rayas se mueve entre la maleza.
«En realidad, no son los felinos los que deben preocuparte», indica Herrera a medida que salimos al lado de una desembocadura. «Los pecaríes barbiblancos son realmente peligrosos. Y las culebras. Tenemos muchas culebras venenosas. Y escorpiones. Algunas arañas. Ah, sí, y cocodrilos».
Señala al otro lado del río. Un corpulento cocodrilo marino reposa en la orilla opuesta; su mandíbula está congelada en una sonrisa reptiliana. «Está esperando el desayuno», dice Herrera. «Lo que me recuerda: tengo hambre».
Nos sentamos en un tronco y empezamos a comer nuestro refrigerio, tacos y plátanos, mientras escuchamos la algarabía de las guacamayas rojas en lo alto de las ramas. Aparte de nosotros no hay un alma alrededor.
He estado en Corcovado sólo dos días, pero eso es suficiente para entender lo que es este sitio silvestre. Abarca unos 424 kilómetros cuadrados de la península de Osa, un remoto trozo de tierra en el extremo suroccidente de Costa Rica y contiene la mayor área de bosque tropical primario en la costa pacífica de Centroamérica. Ubicado entre el océano Pacífico al oeste y el profundo golfo Dulce al este, es un vasto refugio de vida silvestre; es más una isla que una península.
Alrededor de 500 especies arbóreas, 400 tipos de aves, 116 de reptiles, unas 6.000 especies de insectos y 140 de mamíferos se pueden encontrar aquí, así como el tapir de Baird y el águila arpía, ambos en peligro de extinción.
Se estima que Corcovado contiene 2,5% de la biodiversidad mundial, una estadística extraordinaria para un lugar del tamaño de la pequeña isla de Barbados, en el Caribe.
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Fundado en 1975, Corcovado celebra su 50 aniversario este año, así que viajé rumbo al sur desde la capital, San José, para conocer qué funcionó y qué no en este tiempo, así como reflexionar sobre lo que se podría esperar en los próximos 50 años en un mundo en que lugares naturales como este están bajo amenaza.
Los bosques primarios son un recurso raro y en disminución: según Naciones Unidas, se han reducido en más de 800.000 kilómetros cuadrados desde 1990 en todo el mundo.
El vuelo desde San José toma menos de dos horas. Nuestro avión bimotor planeó sobre las colinas selváticas, playas blancas y bahías azules antes de aterrizar en la polvorienta pista aérea de Puerto Jiménez, un pueblo costero a unos 40 km del borde oriental de Corcovado.
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La creación del parque nacional fue un hito para la península de Osa. En décadas anteriores, este era el anárquico «lejano oeste» de Costa Rica. La tala ilegal y caza furtiva estaban generalizadas; extensiones de bosques se habían perdido por la agricultura de tala y quema, y las minas de oro clandestinas a lo largo del río eran comunes.
El parque nacional puso fin a estas prácticas dañinas y permitió la regeneración de las áreas deforestadas. Entre 1987 y 2017, el dosel arbóreo del bosque de Osa aumentó un 11% en contraste con muchos otros bosques tropicales en Centro y Sudamérica.
El parque nacional también trajo otra cosa consigo: el ecoturismo. Corcovado es en la actualidad el décimo parque nacional más visitado de Costa Rica y recibe unos 50.000 visitantes al año. Aunque, al contrario que otros parques más populares como el de Manuel Antonio, Irazú y Arenal, se siente mucho más tranquilo.
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Eso se debe a que el acceso a la reserva está estrictamente controlado. Sólo hay tres senderos de acceso público y quien quiera entrar debe hacerlo en compañía de un guía autorizado.
La ruta más popular conduce a la estación de guardabosques La Sirena, donde es posible pernoctar para presenciar la espectacular vida silvestre en tempranas horas de la mañana. Las otras dos rutas son menos transitadas: una atraviesa la selvática costa sureña desde la estación de guardabosques La Leona, mientras que la otra, una difícil trocha campo a través que implica abrirse pas
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