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La influencia marroquí en el mercado laboral español frente a otras oleadas inmigratorias

Un grupo de mujeres marroquíes celebra la cualificación de Marruecos para el mundial de Qatar en 2022.

Solo los separan 14 kilómetros. En los días claros del sur de España, comúnmente soleados, es fácil divisar desde las playas de Algeciras el majestuoso Jebel Musa, la montaña que señala la costa de Marruecos, al otro lado del Mediterráneo. Para los antiguos griegos, el Jebel Musa y el Peñón de Gibraltar constituían las dos Columnas de Hércules, que marcaban, en su época, el fin del mundo conocido.

Hoy, el estrecho de Gibraltar simboliza una de las fronteras más desiguales del mundo, pero también se ha convertido en un puente de migración cada vez más arraigado. Más de un millón de marroquíes han cruzado este estrecho, convirtiéndose en la nacionalidad inmigrante más numerosa en España y la mayor fuerza laboral extranjera en el país.

En las últimas tres décadas, España ha transformado su imagen de ser un país del que muchos emigraban en búsqueda de mejores oportunidades a convertirse en un destino significativo para flujos migratorios internacionales. Es un cambio que contrasta con el pasado, representado en canciones como «El emigrante» del cantaor Juanito Valderrama y en películas como «Vente a Alemania, Pepe» de José Sacristán y Alfredo Landa. Actualmente, España se presenta como una nación cada vez más diversa, con las oportunidades y desafíos que esta diversidad conlleva.

Con un Producto Interior Bruto (PIB) que ha alcanzado niveles envidiables para sus vecinos europeos, la economía española está en expansión. En la actualidad, una de cada cinco personas residentes en el país ha nacido en el extranjero. El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, ha señalado que «el progreso y la buena situación económica de España deben mucho a la aportación de la migración que ha venido a desarrollar en el país su proyecto de vida».

Al cierre de junio de 2025, había 363.337 marroquíes cotizando en la Seguridad Social, seguidos por rumanos (344.905), colombianos (243.863), italianos (212.416) y venezolanos (196.361). La presencia extranjera representa ya el 14,1 % del total de cotizantes en España. Sin embargo, a pesar de que casi la mitad de los residentes en el país que nacieron en el extranjero son latinoamericanos, los datos muestran que las afilaciones de estos grupos son inferiores a las de los marroquíes.

Una parte de esta discrepancia se debe al sistema de naturalización español, que favorece a los latinoamericanos. No solo la mayoría no necesita visado, sino que tras dos años de residencia regular pueden acceder a la naturalización. Para los marroquíes y otros grupos, este periodo de espera es mucho más largo, ya que deben residir 10 años en España para poder iniciar el proceso de naturalización, lo que además implica contar con trámites extensos.

España ha atravesado en su historia reciente dos grandes picos de inmigración. El primero se inició a finales de la década de 1990 y se mantuvo hasta 2008, cuando una crisis financiera global truncó una burbuja inmobiliaria que había atraído a muchos extranjeros. Durante esos años, la población inmigrante pasó de 1,2 millones a aproximadamente 6 millones. Un segundo aumento en la inmigración se ha producido tras la pandemia, especialmente en los últimos tres años, con la llegada de más de dos millones de personas, en su mayoría a través del canal del asilo.

Los migrantes, incluidos los marroquíes, llegan a España en su mayoría buscando oportunidades laborales. Las cifras macroeconómicas son reveladoras: el PIB de Marruecos en 2024 fue de 154.451 millones de dólares, frente a los 1.722.746 millones de dólares de España, lo que significa más de 11 veces de diferencia. El presidente de la Asociación Marroquí para la Integración de Inmigrantes, Ahmed Khalifa, explica que la migración de estos individuos es económica, pero también implica reagrupación familiar; una vez establecidos, muchos traen a sus familias a España.

Desde 2025, las reformas a la Ley de Extranjería han flexibilizado los requisitos para la reagrupación familiar, facilitando así que muchos marroquíes cumplan con estos trámites. Khalifa señala que, aunque inicialmente enfrentaban dificultades para acceder a la nacionalidad española, ahora se observa un aumento en el número de naturalizados de origen marroquí. Esto, a su vez, permite que los nuevos ciudadanos puedan atraer a su familia a España.

Los marroquíes encuentran trabajo, principalmente, en la agricultura, la hostelería y la construcción, sectores donde sufrieron un cambio demográfico significativo en los últimos años. Tradicionalmente, los marroquíes que llegaban a España eran en su mayoría hombres, pero actualmente el número de mujeres en esta migración se aproxima al de sus homólogos masculinos. Muchas de ellas se dedican al servicio doméstico, en empleos no cualificados y, por ende, con menor remuneración.

En comparación con otros grupos de inmigrantes, la comunidad marroquí no destaca por tener niveles educativos especialmente altos, aunque es común que tengan más educación de lo que sus posiciones laborales sugieren. La sobrecualificación no es un problema exclusivo de inmigrantes, ya que España es el país de Europa donde más trabajadores poseen una formación superior a la que requieren sus empleos. Además, la propia Ley de Extranjería promueve esta situación al ofrecer trabajos de difícil cobertura a los inmigrantes, muchas veces en sectores que los españoles evitan.

Sin embargo, los marroquíes también enfrentan el llamado «techo de cristal», una metáfora que describe las barreras invisibles que impiden a minorías desarrollar sus potenciales y alcanzar posiciones de liderazgo. Khalifa, quien también parte de una asociación que ofrece apoyo y asesoramiento, ha enfrentado la frustración de ver que su colectivo es a menudo encasillado como «una asociación de inmigrantes»; lo que limita el crecimiento de su organización.

El politicólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Sebastián Rinken, apunta a que esta segmentación étnica del mercado laboral no es exclusiva de los marroquíes, sino que afecta a diversas comunidades y grupos.

La realidad que enfrentan los marroquíes en España está marcada por un pacto desigual. A pesar de que España ha mostrado apertura hacia la migración, entendiendo que contribuye a su riqueza y prosperidad, esta aceptación viene a menudo acompañada de la expectativa de que los inmigrantes asuman los trabajos menos deseables. Khalifa explica que durante la pandemia, se vio una vez más cómo los inmigrantes eran esenciales para mantener la economía activa, siendo la mayoría de los trabajadores en el campo inmigrantes, así como en la construcción.

En términos de percepción, los marroquíes son considerados el colectivo menos valorado por los españoles, según las encuestas. Esto se refleja en dificultades a la hora de alquilar viviendas, un aspecto que la asociación de Khalifa ha podido comprobar empíricamente. Los resultados preliminares de un estudio indican que un marroquí enfrentaba una tasa de rechazo mucho más alta en comparación con un español que busca alquilar.

Las tensiones han resurgido recientemente en lugares como Torre Pacheco, donde se han registrado incidentes de xenofobia. Un ataque que involucró a un joven marroquí sirvió de detonante para que grupos de ultraderecha convocaran manifestaciones, fomentando un clima de hostilidad hacia toda la comunidad. A pesar de que muchos marroquíes en la ciudad llevan años viviendo en tranquilidad, el discurso xenófobo ha ido ganando terreno, lo que ha generado un sufrimiento significativo entre los inmigrantes.

Las segundas generaciones, los hijos de inmigrantes marroquíes nacidos o criados en España, también enfrentan los efectos de este entorno hostil. Aunque las condiciones para ellos son diferentes a las de sus padres, el racismo y las barreras invisibles siguen presentes. Nabil Moreno, presidente de la comunidad musulmana en Torre Pacheco, ha destacado que muchos jóvenes se sienten «ninis», sin trabajar ni estudiar, propiciando un descontento que se multiplica con el tiempo.

El futbolista Lamine Yamal se erige como un referente positivo para muchos jóvenes marroquíes, pero las percepciones ambivalentes hacia su figura evidencian una doble moral en la sociedad: «Cuando marca goles es español, pero cuando falla es ‘el moro'», lamenta Khalifa, resaltando las contradicciones que enfrentan los inmigrantes jóvenes.

La primera generación de marroquíes enfrentó desafíos significativos para integrarse, mientras que los hijos de estos inmigrantes podrían abrirse camino más fácilmente. No obstante, el éxito de la segunda generación sigue bajo la consideración de un contexto que, muchas veces, les deja estancados.

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